miércoles, 2 de enero de 2013

Asesino

Era un sujeto normal, de esos que sin ser atractivos tenía ese "yo no sé que" que gustaba y le agradaba a la gente. A su alrededor quienes lo conocían pensaban de él como una persona con la vida perfecta. Una linda esposa y un par de hijos. Sin embargo, en su interior, el vacío lo consumía. Sentía que siempre la quedaba faltando algo. Pero él mismo no sabía qué era.

Ahí estaba su dilema. Si él no sabía qué le faltaba, cómo lo buscaba. Y si lo encontraba cómo lo sabría cómo lo disfrutaría si de pronto ya lo tenía con él. Así que ese vacío poco a poco lo estaba consumiendo.

Muchas veces había pensado en acabar con su vida. Tan sencillo que parecía. El "clic" de un disparo, una sobredosis de algún somnífero, un veneno mortal, un salto al vacío, pero nunca había tenido el valor de tomar una decisión tan definitiva. Sólo medias decisiones. 

A veces pensamientos oscuros rondaban su cabeza, tan oscuros, que él mismo llegaba a asustarse. A veces sentía a pesar todas sus experiencias en la vida, que era incapaz de querer a nadie, sentía que era una persona sin emociones reales. Se veía a sí mismo como una persona fría y oscura, como un pozo sin fondo con un terrible final.

Un encuentro furtivo, un encuentro casual, ¿una aventura? ¿era eso lo que necesitaba, lo que lo llenaría, lo que saciaría su búsqueda al fin?.

Se habían conocido por casualidad. Al principio solo fue un intercambio de miradas furtivas, luego vinieron las sonrisas y por último el intercambio de números telefónicos. No le diría que era casado.

Adela, era su nombre. Una, dos, tres veces se vieron. Almorzaban, charlaban, coqueteaban y conversaban sobre lo cotidiano, siempre en el mismo restaurant; uno que sin ser muy céntrico tampoco era muy lejano y sin estar oculto, más bien estaba a la vista de todos, pasaba inadvertido a muchos ojos.

Mucho se halagaron uno al otro, lindos ojos, bella sonrisa, un toque casual, una caricia. Sí, finalmente se definieron claramente, se gustaban uno al otro, aunque era indebido para él decidió arriesgarse. Ninguno sentía que tenía nada que perder.

Dicho todo, fijaron su encuentro. Un viaje de negocios para él, uno como otros tantos que hacía regularmente, asesor de negocios era su carrera, así que era parte de su rutina semanal. Sólo esta vez era un completo engaño, pasaría el fin de semana junto a su nueva chica, en ese lujoso resort que tantas veces había visitado, sin poderlo disfrutar como era debido.

Llegar al lugar fijado, manejar hasta el lugar y registrarse. ¡Listo!. Al fin solos, en su habitación. Por primera vez lejos de las miradas curiosas y del peligro de ser visto. Eso hizo que se calentaran los ánimos. Comenzaron a besarse apasionadamente, a acariciarse, poco a poco subían el tono de las mismas. Ambos estaban sumamente excitados. Comenzaron a quitarse la ropa velozmente, ambos al fin desnudos en una cama, cuanto habían esperado por ese momento. 

En el calor de la acción, ella le hizo una propuesta un poco extraña, algo fuera de lo común para lo que él conocía. Hipoxifilia. A ella le gustaba la asfixia erótica, era algo que le daba un gran placer sexual. Él lo pensó un momento y al cabo de meditarlo un rato decidió complacerla, ¿porqué no?, mucho habían arriesgado para estar allí, así que comenzó.

Fue algo que le encantó. Poco a poco fue aumentando la presión de sus manos. Ella se dió cuenta de que algo no estaba marchando bien y empezó a hacerle señas que se detuviera, sin embargo el continuó. Sentía la adrenalina a millón, su corazón latiendo como queriendo salir de su pecho, que sensación de emoción, algo que jamás en su vida había logrado percibir. Finalmente ella dejó de moverse. La mató. 

¿Sería eso lo que él necesitaba?, ¿la emoción que le hacía falta a su vida?. No lo sabía aún, pero estaba dispuesto a repetirlo una y mil veces hasta averiguarlo.

Tenía ahora un dilema por delante, que hacer con el cuerpo de ella. Creía tener la solución. La llevaría en el carro hasta la carretera 33, aquella que había visto apagarse tantas vidas entre sus traicionera curvas y riscos. Dejaría que el carro andara hasta precipitarse. Menos mal había llegado en el carro de ella. Sí, ese sería el destino final de Adela.

De vuelta en casa. La misma rutina, la misma sensación de ahogo, de vacío. Pero ahora contaba con algo nuevo, Ese brillo en sus ojos, ese brillo de quien ha jugado a ser Dios, de quien ha arrebatado una vida, cortando ese delicado hilo de plata que une un alma con su cuerpo. Cada vez que lo recordaba suspiraba. Deseaba volver a repetirlo, volver a ver como una mirada pierde su luz, la luz de la vida, como un cuerpo exhala su último aliento, como deja de sentirse el pulso, cómo se detiene el corazón, cómo pasa a ser inerte. 

Definitivamente volvería a matar, era su pasión, para ello había nacido, para eso estaba destinado, siempre debajo de ese ser monótono y predecible habitaba un verdadero asesino.





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